Si existe una industria floreciente en Ronda es la del vino. En los últimos años han florecido las bodegas como lo hacen las margaritas en mayo. Más de una veintena se pueden contar y la producción anual roza las 800.000 botellas.
Y no se trata de un vino cualquiera, no. Blancos jóvenes de color amarillo pajizo y con excelente presencia en boca; tintos de crianza de impresionante color rojo cereza, con aromas de buena madera, y en boca suave, sabroso y persistente, amén de dulces y generosos están conquistando los mercados nacionales y allende fronteras, y no digamos las mesas de sibaritas y gourmets que lo exigen a la hora de la ingesta.
Por estas razones los bodegueros rondeños claman porque la Junta deje de apretar el freno a la expansión de las instalaciones por la tardanza de un PGOE que alarga en el tiempo y obra en detrimento de reformas y ampliaciones cruciales para proseguir en el camino de éxitos obtenidos.
El Ayuntamiento y la Junta en su caso no deberían hacer oídos sordos a esta necesidad de la industria vitivinícola que además está resultando fructífera por la ingente cantidad de personas que visitan las bodegas potenciándose así un nuevo turismo: el de la vinicultura