Algunas acciones y gestos que vienen abundando en las últimas semanas se quieren entintar con los colores de la democracia, pero tengo para mí que no hay tal.
Algunos ejemplos que escapan a la definición que, por ejemplo, José Ortega y Gasset, dejó en una frase que buscó siempre el mármol: “La democracia, estricta y exclusivamente como norma del derecho político, parece una cosa óptima. Pero la democracia exasperada, la del pensamiento, la del gesto y el corazón, es el más peligroso morbo que puede padecer una sociedad”.
Se invoca la democracia en algunos gestos como la amenaza de un referéndum de los nacionalistas catalanes con miras en la independencia; o la peregrina advertencia de Rubalcaba de recoger un millón de firmas si Rajoy hubiese dado las espaldas al subsidio de 400 euros para los parados de larga duración.
Igual, que el manifiesto de los sindicatos descollantes reclamando otro referéndum para legalizar las reformas del Gobierno, olvidándose que fueron convenientemente ratificadas en el Congreso y el Senado. O los desmanes de Sánchez Gordillo (llegará a Málaga a primeros de septiembre) que por muy buenas intenciones que tenga, no se corresponden con la pautas constitucionales que en su día nos dimos.