El alcalde Málaga, Francisco dela Torre, en el preámbulo del nuevo curso político quiso dejar claro que lo que perseguía con el SARE – y se supone que con cualquiera otra medida municipal – era la felicidad de los ciudadanos.
Nos ha cogido de sorpresa que emplee este vocablo, el cual no creo exista en el léxico habitual de los políticos. Nos dicen por lo general que trabajan por el bienestar ciudadano, por la satisfacción de todos, por la excelencia o calidad de vida de los mandados. Lo de la felicidad, aparte del mensaje anual de Don Carlos, solo se les oía a las autoridades de las diversas instancias administrativas del país, precisamente en las fiestas navideñas, donde todo son buenos propósitos y deseos de fines venturosos.
Esto de la felicidad del regidor malagueño a una cuestión de estacionamiento en las distintas vías del casco urbano nos lleva a la conclusión de que los malagueños ciframos nuestra felicidad en disponer de un lugar en donde dejar el coche sin que nos multen o nos llamen la atención por la larga permanencia.
Puede que no haya exagerado el primer edil dela Casonadel Parque. Disponer de un aparcamiento propio es una de las ambiciones y objeto del deseo de todo contribuyente, a eso nos abocan las dificultades de la vida moderna y capitalina.
Horacio cantó el Beatus Ille ( y siglos después nuestro Fray de León) a la descansada vida – feliz – de la vida en el campo, el alcalde canta las excelencias de un aparcamiento propio. Al fin de cuentas la felicidad humana como sentenció Benjamín Franklin no se logra con grandes golpes de suerte, que pueden ocurrir pocas veces, sino con pequeñas cosas que ocurren todos los días.
Foto: Diario SUR