Los pilares fundamentales de la democracia son los partidos políticos, los cuales la asisten y ponen en valor las prerrogativas y la libertad del pueblo. Pero qué ocurre cuando el pueblo se desvincula de los partidos porque no ofrecen soluciones aceptables para solventar sus dificultades y ven, por el contrario, que en buena medida no sirven sino sus propios intereses, y en esa tesitura se engolfan para ver cómo aumentan sus ganancias personales y hacer crecer sus cuentas bancarias- casi siempre en el extranjero porque se ríen del fisco a cual todo ciudadano mira si no con miedo sí con respeto- entonces, en ese momento, la democracia se nos muestra renqueante.
“Una gran democracia debe progresar o pronto dejará de ser grande o democracia”, no lo digo yo, sino que así lo sentenció Theodore Roosevelt, que debía entender de estas cuestiones.
España pasa por uno de los peores momentos de su historia reciente. Y a estos señores que van cada vez a sentarse en el Congreso, la mayoría a tirarse los papeles a la cabeza y las palabras hirientes como dardos a los oídos deberían pensar en que fueron elegidos para solucionar problemas y no para crearlos o intensificar los ya existentes. Se nos dicen que asisten a las sesiones para dilucidar el problema que nos acosa. O que tratan de incidir en las causas. Incluso nos afirman que tratan de encontrar solución al problema. No lo hacen.
Pero, ilusamente nos lo creemos. O no saben, o no pueden o no quieren. La cuestión es que las cosas se complican por días. Cuanto más que abundan razones para desconfiar de la integridad de un bueno número de parlamentarios que estamos viendo que buscan su lucro y envolviéndose en la bandera de la equidad y la justicia hacen de esa capa un sayo para medrar o tirar de las ubres que solo les pueden hacer engordar a ellos.
No escucharon la voz del Papa Juan Pablo II: “La democracia necesita de la virtud, si no quiere ir en contra de todo lo que pretende defender y estimular”. No les conviene hacerlo.