Es posible que en el origen de Marbella se encuentra una ciudad romana de una importancia superior a la que hasta ahora se creía. Los restos encontrados la semana pasada en el entorno del castillo apuntan en esa dirección, y serán los estudios futuros los que deberán confirmar esta hipótesis, respaldada por varios de los buenos historiadores con que cuenta la ciudad. La aparición de estos restos posiblemente contribuya, tanto como haber recuperado unas reglas de juego, a que Marbella se encuentre a sí misma.
La importancia del cambio que supone la aprobación del nuevo Plan General va más allá de las cualidades y los defectos del documento. Han pasado ya 18 años desde el día en que los vecinos de Marbella dieron a la banda de Jesús Gil la primera de sus cuatro mayorías absolutas y la ciudad comenzó a despeñarse hasta convertir su nombre en un sinónimo del negocio grosero. Una Sodoma urbanística donde un maletín suficientemente colmado abría las puertas que permitía colocar ladrillos en donde apeteciera. Al promotor José Ávila Rojas, perpetrador del Banana Beach y otros muchos desmanes, se le atribuyen elogios a Gil por las facilidades que daba para construir y por haber convertido a Marbella en la ciudad con la que soñaban los empresarios. Los empresarios como él.
El sueño de los promotores de perfil indeseable se convirtió al cabo del tiempo, y consumidas las últimas migajas de una fiesta ajena, en la pesadilla de los vecinos. Y Marbella y su nombre, en un estereotipo del vale todo urbanístico. La ciudad dejó de ser referencia de los mejores estándares de calidad de vida la para convertirse en un símbolo de todo lo contrario. Perdió las referencias de sí misma.
Desde que la policía se llevó esposados a Roca y Marisol Yagüe y la decencia volvió al Ayuntamiento, estaba claro que Marbella no volvería a encontrarse hasta que no contara con una norma urbanística que fijara reglas de juego. Unas u otras, pero conocidas por todos. Es verdad que el PGOU no termina de convencer totalmente a nadie. Al gobierno municipal, por su origen; a la oposición, por los cambios que sufrió durante el largo proceso que lo condujo hasta el pleno del miércoles. A unos, porque no satisface sus expectativas de consolidación de lo que hay; y a otros, porque no establece suficiente resarcimiento por las tropelías cometidas. Pero también es cierto que fijar unas normas claras en un momento en que los conflictos urbanísticos están a la orden del día en gran parte del litoral -la situación creada en Málaga es sólo un ejemplo- era un mensaje indispensable que la ciudad debía lanzar para comenzar a volver a ser referencia de calidad y no un paradigma de lo contrario.
Por eso, que el PGOU -en cuya elaboración a lo largo de estos años han tenido protagonismo personas de referencias ideológicas que no pueden estar más distantes- se haya aprobado y que haya salido adelante con el respaldo de los dos grupos mayoritarios es una buena noticia. Como también lo es que se haya alcanzado un acuerdo previo con la Consejería de Vivienda que permitirá su refrendo definitivo y entrada en vigor antes de que comience el próximo invierno.
El tono del debate en el pleno de aprobación estuvo a la altura de las circunstancias. Lo resumió acertadamente el portavoz de Izquierda Unida, quien tras explicar los motivos por los que se oponía a la aprobación, aseguró entender el sentido del voto de sus compañeros de corporación y pidió respeto para todos.
Pero cuando se vive un momento clave como el de la aprobación del PGOU, siempre existe el riesgo de que alguien lo quiera aprovechar para conseguir los 15 minutos de fama a los que, según estableció el genio de Warhol, todo el mundo tiene derecho. En el PSOE no quisieron darse por enterados cuando durante la última concentración en la que se reclamaba la independencia de San Pedro, el concejal Juan Luis Mena pugnó por el micrófono y se hizo un lugar entre los oradores. Aquellos 15 minutos no le bastaron, y posiblemente a estas alturas los dirigentes socialistas ya se hayan arrepentido de no haber actuado entonces. Pueden lamentarse por aquello, pero no de haber incluido en la lista a una persona con tanto afán de protagonismo porque ese fue uno de los regalos que Plata dejó al PSOE de Marbella antes de poner tierra de por medio.
Mena decidió votar en contra del PGOU y en contra de lo que había decidido su grupo para redimir a San Pedro, una misión que nadie le encomendó. El secesionismo de San Pedro es una opción política tan respetable como cualquier otra, pero que, posiblemente sea necesario recordar, en las últimas elecciones acudió a las urnas y no obtuvo representación democrática en el Ayuntamiento. La decisión de Mena de abandonar el grupo por el que fue elegido y conservar su acta de concejal para defender esa opción política (y de paso a sí mismo como referente de la misma), lo convierte en un tránsfuga. Por ello es posible que el concejal imagine su figura como la del futuro alcalde de un San Pedro independiente, pero la realidad lo sitúa como el sucesor de Isabel García Marcos.
Cuando la puerta de la crisis se abre, nunca se sabe cómo cerrarla. De eso entienden en el PSOE, que esta semana ha perdido dos ediles tras haber cerrado en falso hace un año la crisis de su grupo municipal. Liria Menor, una edil cuyoatimbre de voz es desconocido por quienes han compartido con ella salón de plenos durante los dos últimos años, imitó el viernes a Mena y votó contra sus compañeros en la elección del Defensor del Ciudadano. Si era malo que esta figura saliera sin consenso, peor aun es que haya sido elegida por un voto tránsfuga. El candidato del PP ha ganado la votación. Pero su credibilidad se ha hundido antes de comenzar a trabajar.