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Héctor Barbotta

Marbella blog

Una cuestión de imagen

La Universidad de Málaga organizó la semana pasada sus cursos de verano de Marbella, y uno de los temas a tratar era el de los medios como conformadores de la imagen. Sin duda los organizadores estaban interesados en que se debatiera ese singular fenómeno que conforma el tratamiento que recibe Marbella en televisiones y periódicos, principalmente en las primeras, y cómo los avatares que ha sufrido la ciudad en los últimos años acabó por crear la imagen deplorable de una ciudad abandonada a la corrupción, dominada por las mafias, refugio de multimillonarios indeseables y entregada a los peores vicios.
La coincidencia del curso con la visita de la mujer del presidente de Estados Unidos posiblemente haya tenido una consecuencia no deseada: considerar que el debate ya no tiene sentido. Quizás exista la percepción de que la presencia de Michelle Obama ha marcado un punto de inflexión definitivo y que la mala imagen de Marbella es historia. Todos los medios estadounidenses que han reflejado la visita de la primera dama han hablado de la ciudad como un destino de lujo, y sólo algunos pasquines de la prensa británica más chusca ha reflotado la cantinela de la Costa del Crimen.
Sin embargo es prudente huir de los análisis triunfalistas, porque hasta ahora lo que ha marcado esta visita es un contraste entre la consideración de la que Marbella goza fuera y la que sufre dentro. La decisión de la primera dama estadounidense de elegir el casco antiguo como escenario de su primer paseo en el que se dejó fotografiar regalando sonrisas demuestra que más allá del océano no se entiende a Marbella como un lugar que ensucie la reputación de nadie. Pero el contraste es doloroso. El Rey ha decidido saltarse el protocolo, no visitar a la huésped en el lugar donde se produce la visita y obligarla a hacer un desplazamiento dentro de su viaje. Marbella parece ser un buen sitio para las continuas visitas de ex presidentes del Gobierno -tanto González como Aznar suelen descansar por aquí, el segundo con casa propia-, pero no parecía ser tan bueno cuando aún estaban activos en la vida pública. El presidente de la Junta se jactó no hace mucho en un debate parlamentario de que a él no lo verían en Marbella, y obsecuentemente ningún alto cargo andaluz elige Marbella para sus vacaciones. De los ministros, sólo Cristina Garmendia. Ni siquiera al degradado ex secretario de Estado de Turismo, ahora secretario general, se le ha visto el pelo.
Por todo ello, considerar que la mala imagen de Marbella se sustenta sólo en la detestable huella del gilismo, y que la visita de Michelle Obama la ha borrado puede constituir un análisis simplista que no toma en cuenta el paisaje completo. Primero, porque el lugar que Marbella ocupa en el imaginario colectivo de este país está íntimamente ligado al sitio al que se sitúa al conjunto de la Comunidad Autónoma, y que Andalucía, sus representantes políticos y sus medios públicos no sólo aceptan, sino que reproducen alegremente. En ese modelo encaja mejor una ciudad donde todo empresario es un especulador y donde los ricos horteras de medio mundo bañan en champán a jovencitas de vida alegre que un destino que constituye uno de los principales motores de la principal industria del país, que ampara bajo su marca a los mejores hoteles de cinco estrellas y que ha demostrado que goza de una reputación en el extranjero que muchos de sus nacionales se empecinan en negarle.
Y también porque el turismo está todavía lejos de ocupar el lugar que le corresponde en ese imaginario colectivo. Basta con comparar qué repercusión alcanza el cierre de una fábrica o un conflicto en la agricultura con el caso que se le ha hecho al cierre, el calvario y la recuperación de un hotel como Los Monteros, que ha creado más riqueza a lo largo de su historia que muchos centros de producción situados en lugares a los que se les asigna el papel de escenario de las cuestiones serias y no del cachondeo.
Que esto cambie a partir de ahora es de momento sólo una posibilidad. Si los cargos públicos ponen en respaldar el resurgimiento de la buena imagen de Marbella el uno por ciento del interés que demostraron en intentar hacerse una foto con Michelle Obama -intentos todos fallidos porque la primera dama no permitió que se alterara el carácter privado de su visita- a partir del próximo verano los aparcamientos de los hoteles de Marbella no tendrán lugar suficiente para acoger a tantos coches oficiales. Y serán bienvenidos.

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Sobre el autor

Licenciado en Periodismo por la UMA Máster en Comunicación Política y Empresarial Delegado de SUR en Marbella


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