Cayó lo que no está escrito y no se puede decir que lo del pasado fin de semana no haya sido una anomalía meteorológica. Aquello de «caen dos gotas y esta calle se inunda» no vale esta vez, pero aunque el comportamiento de la meteorología no haya sido el habitual, sí han sido lógicas las consecuencias.
Los ríos y arroyos que llevaban años sin limpiarse se han desbordado y el agua se ha llevado todo a su paso. Igual que en 2009, igual que en 1989, igual que cada vez que la naturaleza da un aviso y se deja víctimas por el camino. La naturaleza se comportó como hace de tanto en tanto y sucedió lo que siempre en estas ocasiones. Los ríos y arroyos presentaron sus escrituras en los terrenos inundables ocupados por la irresponsabilidad urbanística. Por eso no debe extrañar que dos de los municipios donde menos se ha respetado históricamente la norma de no construir en zonas inundables, como Cártama y Estepona, hayan sido los de más damnificados. Los excesos urbanísticos, tal y como enseña la experiencia de Marbella, siempre se acaban pagando, igual que la falta de previsión.
Durante los días que siguieron a la tromba del domingo, incluso desde el mismo domingo, los representantes políticos se lanzaron mutuos elogios y palmadas en la espalda por la colaboración institucional, como si hubiese cabido otra actitud cuando la gente estaba con el agua al cuello. Pero una vez recuperada cierta normalidad y mientras las máquinas comienzan a trabajar para reconstruir los destrozos, que en Marbella superan los 28 millones de euros, está bien preguntarse si esa coordinación funciona de manera tan acertada a la hora de prevenir una situación que es recurrente en la provincia aunque el tiempo que transcurre entre una inundación y otra nos tiente a deslizarnos hacia la conclusión de que se trata de la consecuencia inevitable de fenómenos meteorológicos anómalos. No podría llegarse a una conclusión más desacertada. La realidad es que de tanto en tanto la provincia sufre diluvios extraordinarios como los de la semana pasada y como seguimos construyendo en zonas inundables y legalizando lo ya construido en lugar de poner fecha de caducidad a las viviendas irregulares, seguimos haciendo obras sin un mínimo de previsión -como la perpetrada en avenida Nabeul- y seguimos sin limpiar los cauces de ríos y arroyos, dentro de uno, cinco o siete años volveremos a tener otro diluvio seguido de inundaciones, pérdidas millonarias, evacuados y, posiblemente, alguna víctima fatal. Y al día siguiente, volveremos a ver a los responsables políticos adulándose por la coordinación institucional en la gestión de la catástrofe.
Y no es que no falten ejemplos de que las cosas se pueden hacer mejor. En los cauces que por previsión o responsabilidad sí se habían limpiado las avenidas de agua causaron dificultades pero ningún cataclismo. El caso más claro está en el Guadaiza, donde el Ayuntamiento de Marbella decidió hace meses actuar ante la pasividad de la Junta de Andalucía, administración con las competencias exclusivas en ese campo. Durante semanas se realizó un trabajo de limpieza del cauce que llegada la emergencia ha resultado providencial. El Guadaiza desbordó y causó alguna dificultad, sobre todo en su desembocadura, pero nada comparado con la catástrofe que hubiera ocasionado sin esa falta de previsión.
El ejemplo contrario se encontró en la avenida Nabeul, donde después de diez meses de una obra que trastornó la vida no sólo de los vecinos y comerciantes de la zona sino también de cualquiera que se atreviera a circular con su coche por el centro de Marbella la situación está peor que antes. Ya al día siguiente de la inauguración la calle pareció convertirse en un canal de Venecia y el pasado fin de semana la situación fue peor todavía. En un lugar donde se tomara en serio el destino de los fondos públicos y los cargos políticos no estuvieran blindados por las lealtades de partido alguien habría asumido su responsabilidad, pero aquí la concejala de Obras ni siquiera ha considerado pertinente salir a dar la más mínima explicación, como si todo hubiese sido producto de una desgraciada fatalidad que no tiene nada que ver con ella.
Lo peor es que no se ha explicado si el desastre ya realizado tiene solución o si al menos se ha aprendido alguna lección para las otras obras que se están ejecutando actualmente en otras zonas del centro.
La tromba de agua trastornó la vida de toda la ciudad y de gran parte de la provincia de Málaga, pero si algo ha vuelto a dejar claro es que no llueve igual para todos. Las únicas tres familias de Marbella que tuvieron que ser evacuadas y alojadas provisionalmente en el albergue África fueron las vecinas del edificio situado en la margen derecha de la desembocadura del Guadaiza, un inmueble que ya sufrió un mercance similar hace cuatro años y en cuyos bajos residen familias de escasos recursos que lo han vuelto a perder prácticamente todo.
En Plaza de Toros, donde se han producido los daños más importantes, el patio de uno de los bloques se hundió durante una madrugada en la que los vecinos admiten haber pasado miedo, pero basta con visitar la zona para entenderla como una barriada terriblemente golpeada por la crisis económica y por el abandono de las instituciones. La tromba no hizo más que dar la puntilla o, en todo caso, hacer visible esa situación de desamparo.
Lo mismo podría decirse de la joven ahogada en el club de alterne de Estepona donde se veía obligada –por sus explotadores o por las circunstancias – a pernoctar en unas condiciones penosas .
El agua cayó sobre todas las cabezas, pero sólo a las más vulnerables, como siempre sucede, las convirtió en víctimas.