La situación de inseguridad en destinos competidores que traía turistas prestados a la Costa del Sol ha cambiado y este verano se han visto las consecuencias. Quizás no sea ése el único motivo por el que el verano no ha ido como se esperaba, pero posiblemente se trate uno de los pocos sobre el que no podemos actuar. Este año han confluido circunstancias ajenas que han afectado al turismo, como el calor en el norte de Europa, la resurrección con precios bajísimos de destinos hasta ahora lastrados por la lacra del terrorismo o hasta la celebración en un destino europeo del Mundial de Fútbol en la antesala de la temporada estival. Sin embargo, es oportuno preguntarse por las cuestiones que distan de ser externas y sobre las que sí se podría hacer algo.
En el sector turístico, considerado en el concepto más amplio que incluye a empresarios, trabajadores e instituciones con competencias en esa actividad, existe una cierta tendencia a referirse a las situaciones que afectan a la industria como fatalidades o bendiciones de las que cíclicamente salimos perjudicados o beneficiados. Si las playas están mal es producto de que ha habido temporales, si están bien es porque no los ha habido. Como si no pudiésemos actuar sobre un problema central que nos afecta todos y cada uno de los años y que nunca se acaba de resolver.
El de las playas no es el único. Durante los años del boom de la construcción no pocos hoteles lamentaban que el dinero rápido que se ganaba en la obra hacía difícil encontrar mano de obra para el verano, e incluso a jóvenes dispuestos a formarse en un oficio sacrificado y casi siempre insuficientemente remunerado. Eran muchos los trabajadores que nunca se llegaban a formar antes de que les saliera la primera posibilidad de duplicar o triplicar ingresos en una actividad, como la construcción, que apenas requería de cualificación. La crisis dio cuenta después de que aquello era pan para hoy y hambre para mañana.
Este año se han escuchado algunos lamentos en un sentido parecido, pero con diferente origen. La situación de los centros de formación de referencia -léase La Cónsula o Bellamar- ha llevado a que por primera vez en muchos años algunos hoteles y restaurantes emblemáticos de Marbella y su zona de influencia no pudieran contar este verano con alumnos en prácticas. Esta situación supuso un trastorno para las empresas pero lo que realmente provoca tristeza es pensar lo que esto supone como oportunidad perdida para decenas de chicos y chicas y para el futuro de la industria turística. Chicos y chicas que posiblemente nunca lleguen a saber, siquiera, de la oportunidad vital que la desidia institucional les ha hurtado.
Es posible que desde las empresas pueda verse la situación de las playas o la de los centros de formación como fatalidades frente a las que no pueden hacer nada. Igual que con la huelga de taxis, la inacción frente al deterioro de las playas, la eterna falta de conclusión del saneamiento integral, la irrupción de apartamentos turísticos no reglados o el incivismo que degrada lugares de convivencia donde los turistas deberían disfrutar sin ser molestados ¿Pero se trata realmente de fatalidades? La indolencia con la que se enfrentan algunas situaciones parece invitar a pensar que no nos va la vida en esto.
Este verano los destinos turísticos de la Costa del Sol se encontraron con otra situación que nadie se debería resignar a ver como una fatalidad inexorable, las invasiones de medusas.
Pocas situaciones pueden resultar un mayor trastorno para el turista que elija un destino de playa que no poder bañarse a causa de una invasión de medusas. Si eso no sucede un día, sino dos, tres o cuatro a lo largo de una semana es posible imaginar qué decisión adoptará el visitante cuando al año siguiente tenga que decidir sobre el destino de sus vacaciones.
Las invasiones de medusas no son otra cosa que un síntoma muy visible de una situación de degradación medioambiental y a veces parece que si se reclama que se actúe frente a un síntoma es porque se quiere ocultar el problema de fondo. Incluso hay que quienes se alegran de la presencia de ese síntoma y se resisten a que se combata para que siga actuando como acicate para que la sociedad tome conciencia del estado de salud del planeta. Es como si ante una infección no se tomaran medidas para bajar la fiebre para que de esa manera pudiéramos tomar consciencia cabal de la presencia de la infección.
Las medusas, que impiden que los turistas puedan bañarse, proliferan por la sobreexplotación pesquera de sus depredadores, por la contaminación del agua y sobre todo por el calentamiento global. Hay medidas que evidentemente exceden el margen de acción local y autonómico, pero ello no debe ser excusa para que cada uno no actúe en la medida de sus posibilidades.
¿Es más preocupante que haya medusas por lo que ello supone como síntoma de la alteración del equilibrio de la biodiversidad o porque con su presencia los turistas no pueden bañarse? La dicotomía no podría ser más absurda. Hay quienes siguen viendo al turismo como un depredador del medio ambiente, como si aún estuviésemos en las décadas en las que esta industria promovía la invasión de los espacios naturales por el hormigón. Sin embargo, ahora estamos en la situación contraria, al menos en los destinos que aspiran a mantener una oferta de calidad. Turismo y medio ambiente tienen que caminar juntos y en la misma dirección, porque el turismo, y sobre todo el turismo del que Marbella aspira a ser emblema, debe ser necesariamente sostenible. Luchar contra la plaga de medusas, contra sus síntomas y también sobre sus causas, debe constituir una prioridad y además una urgencia. La ciudad no se puede permitir otro verano como el que acaba de terminar.