O es difícil imaginar las caras con que se recibieron en el equipo de gobierno municipal de Marbella los resultados de las elecciones autonómicas. Como en cualquier otra ciudad andaluza donde los militantes y simpatizantes del Partido Popular se reunieron para seguir el veredicto de las urnas, seguramente de la incredulidad se habrá pasado a la preocupación y de allí a la desazón más absoluta. Todo ello en un escaso lapso de dos horas que para algunos habrán sido cortísimas y para otros, interminables pese a que los avances tecnológicos han permitido que las noches electorales en vela esperando los resultados pasen a la historia.
Ya se sabe que en el balance que suelen hacer los partidos cara al público nunca nadie pierde las elecciones. El discurso sofista adoptado a izquierda y derecha permite siempre presentarse ante los ciudadanos como vencedores morales, aunque en esta ocasión, más allá de los gestos ante la galería, ambos partidos mayoritarios tienen más motivos para la preocupación que para otra cosa.
Unos, porque llegaban con más expectativas que nunca, confiados por las encuestas y por los antecedentes más recientes, y aunque la política siempre ofrece escenarios distintos, pueden estar preguntándose cuándo van a gobernar en Andalucía si no lo han conseguido esta vez.
Los otros, porque aunque hayan salvado el match-ball en el último instante no lo han hecho por una recuperación de su voto ni porque la tendencia descendente de los últimos años haya cambiado de rumbo, sino por la inesperada abstención que inéditamente castigó al centro-derecha y porque sus aliados de Izquieda Unida tuvieron un crecimiento que superó las expectativas más optimistas.
Quizás sean estos últimos quienes tengan motivos más reales para la satisfacción, aunque la historia los coloque ahora ante la grave responsabilidad de demostrar que sus propuestas constituyen una alternativa de gobierno real, y no un brindis bajo el sol de la utopía.
Escenario diferente
En todo caso, el equipo de gobierno municipal de Marbella y el partido que lo sustenta se enfrentan a un escenario muy diferente al que habían construido sus expectativas, y por ello deberán diseñar una estrategia para la legislatura que comenzará el 19 de abril cuando se constituya el nuevo Parlamento de Andalucía, por cierto, con dos concejales de Marbella en sus escaños.
El panorama de un Gobierno andaluz con afinidad política con el que soñaba Ángeles Muñoz se transformará en algo muy distinto –un presidente elegido con los votos del PSOE e Izquierda Unida–, que obligará a tomar decisiones. Las necesidades de Marbella en cuanto a dotación sanitaria y educativa, por citar solo las más urgentes, siguen siendo las mismas de antes de las elecciones, y habrá que ver si desde ambas orillas se elige el camino de la colaboración o el ya conocido de la confrontación.
Habrá que ver si el Partido Popular andaluz persiste en hacer oposición desde los ayuntamientos –una estrategia a la que no siempre se plegó Ángeles Muñoz, lo que le valió en alguna ocasión reproches velados de sus compañeros– y si desde el PSOE se insistirá en seguir castigando a las plazas electorales que más se le resisten, con Marbella a la cabeza.
Y habrá que ver también qué papel juega Izquierda Unida, y qué fuerza tendrá en el nuevo gobierno autonómico para desempolvar el Plan Estratégico para la Costa del Sol, elaborado cuando la coalición de izquierdas estaba al frente de la Mancomunidad de Municipios.
De momento solo se han visto reacciones triunfalistas –ya sabemos que en las elecciones nunca pierde nadie–, escaso propósito de enmienda y movimientos impulsados por la inercia de la legislatura que ya ha terminado. Pero no debe descartarse que con el análisis frío el mensaje de las urnas sea entendido.
Frente al panorama de un partido hegemónico que mandara en todos los estamentos institucionales desde el Gobierno Central hasta el municipal pasando por la Diputación Provincial, el Patronato de Turismo y la Mancomunidad de Municipios de la Costa del Sol Occidental, las urnas han optado por mantener un contrapoder al dar a los socialistas la oportunidad de seguir al frente de la Junta si consiguen materializar un pacto con Izquierda Unida. Los electores le han negado la mayoría absoluta al PP y han dado al PSOE una oportunidad que sus dirigentes harían bien en leer como el último aviso de que deben cambiar de rumbo.
Ahora solo cabe esperar que los partidos entiendan el veredicto ciudadano que ha ordenado la existencia de contrapoderes como un mandato para que las instituciones hagan un esfuerzo por entenderse. Y también por enterrar la crispación que pone a los ciudadanos como rehenes de su incapacidad para dejar en segundo plano los legítimos, o no tanto, intereses partidistas.