Soy uno de los muchos que cada día empiezan la lectura de SURpor la última página. Antes se sumergirme en la barahúnda de noticias y el resto del contenido servido con asepsia periodística tengo el hábito de salir al encuentro de Manuel Alcántara y su columna diaria. El color con el que el ilustre escritor encara los acontecimientos de cada momento me prepara para adentrarme en el resto de páginas noticiosas con el ánimo de saber que existen otras maneras de enjuiciar la actualidad que el día nos depara.
Sin acritud – me imagino a don Manuel tecleando su vieja Olivetti, de cara a los búhos de su colección, con el sempiterno cigarrillo en los labios y el esbozo de la sonrisa que casi siempre dibujan sus facciones -, con ironía, con ocurrentes frases y palabras, que pudieran parece sencillas, pero que enjaretarlas es un don sólo dado a un maestro del buen decir periodístico y hacer literario. Confieso que me cautiva su forma de precisar sobre situaciones y actuaciones de políticos, la pirueta de sus juicios, la salida inesperada de sus reflexiones, en suma, el acierto de sus dardos que nunca son envenenados pero que surten el mismo efecto que si lo fueran.
“Bastante amarga es la vida para que encima se trate con acritud”, me dijo una vez que tuve el honor de compartir con él unos pocos minutos, camino de sui casa, frente al mar y junto al túnel del Rincón. Es el cristal limpio, mordaz a veces, que emplea en su diario quehacer, para ver lo que ocurre a su alrededor, lo que le caracteriza y moldea su estilo único.
Gracias, don Manuel, por alegrarnos un poquito de cada mañana. Larga vida para el contento de sus lectores.