Nadie podría sospecharlo. Los benaojanos siempre estuvieron orgullosos de la abundancia de aguas que les deparó la Naturaleza. Las fuentes en este pueblo del alto Guadiaro son incontables: La Fresnadilla, el Espino, el Charco Azul, en donde vienes a recogerse las aguas impetuosas del río subterráneo Campobuche, eran aguas limpias como cristales y frías como cuchillos. Incluso medicinales y que poseían el don de abrir el apetito. En la Dehesilla, que se abre ubérrima a dos pasos de la Cueva del Gato, era raro el lugar en donde ahondando con un azadón no brotase acto seguido el líquido elemento, que en su día vino a abrazar a cepas de vides, frondosas higueras y ampulosas chumberas. Agua gozosa, sana, fresca, fecunda. La guinda la pone, cada otoño, cuando las lluvias caen pertinaces, otro río subterráneo que venía a aflorar a los pies de la sierra de Juan Diego, imprimiendo al paisaje de montaña en el que se abría paso la impronta de lo naturalmente impetuoso. Es el Nacimiento, cuyas aguas lamen el antiquísimo Molino del Santo, hoy convertido en suntuoso hotel, que respeta al pie de la letra la tradición arquitectónica del pueblo.
Un lujo de aguas. Pero se han torcido las causas para pesar de los benaojanos. Órdenes municipales, tras realizarse los estudios pertinentes por la Junta de Andalucía, vienen a determinar que no son potables.
Problemas gastrointestinales aconsejan que no se utilice el agua ni siquiera para cocinas o lavarse los dientes. Se habla de filtración de purines, lo que parece lógico en una población que todavía vive, aunque sin el antiguo esplendor de la ganadería porcina y la producción chacinera. Pero nada se puede afirmar todavía. Ni autoridades municipales ni sanitarias se han pronunciado al respecto, aparte de la prohibición del consumo.
Quien ha seguido de cerca la historia de Benaoján y Montejaque (un pueblo vecino que se surte de los pozos del primero, o estudiado su topografía y emplazamiento en el corazón de la Serranía de Ronda jamás podría imaginar que llegaría un día en el que los vecinos se acercarían a un camión cisterna venido de afuera para llenar sus vasijas. Fueron dispensadores a poblaciones y cortinadas próximas, que siempre codiciaron nuestras reservas hídricas. La estampa de camiones abastecedores de agua es insólita. Esperemos que, nunca mejor dicho, las aguas vuelvan a su cauce, y en Benaoján y Montejaque pueda beberse sin miedos ni reparos, como se ha venido haciendo desde la noche oscura de los tiempos.